El mensaje del Evangelio de hoy es de esos que, quizá, no precisaría de muchos
comentarios. Bastaría con leerlo tranquilamente, para que entendiéramos lo que
Jesús nos quería decir.
Es que algunas veces parece que Jesús exagera con sus propuestas-peticiones.
Parece que nos pide imposibles. No tenemos muchas ganas de ir por el mundo
recibiendo bofetadas, y poniendo además la otra mejilla. Pero, a la hora de la
verdad, este texto está en los Evangelios porque se consideró útil para la vida
de los creyentes de todos los tiempos. Para andar por el mundo los Diez
Mandamientos no son suficientes, sobre todo si los vivimos de forma algo
superficial. Ciertamente, en nuestro camino nos podemos encontrar con gente
que nos insulte, que nos maldiga, que nos injurie, que no devuelva lo que le
prestamos, incluso que nos odie. ¿Qué hacer en esos casos, para responder
evangélicamente? ¿Dejarnos llevar por el espíritu del mundo o por el espíritu del
Evangelio? El instinto natural lleva al discípulo a reaccionar, a pagar con la
misma moneda, a responder a la violencia con la violencia, al mal con otro mal y
con venganza. Esta página evangélica se conservó para que los discípulos del
tiempo de Jesús, y de todos los tiempos, supiéramos cómo reaccionar.
Ya en la primera lectura aparece el conflicto entre la lógica humana y la lógica
de Dios. Abisay, fiel escudero de David, quiere vengar a su señor, matando al
que quiere matarlos. David, por el contrario, toma la decisión “evangélica”.
Perdona a su perseguidor, porque entiende que Saúl es el ungido de Dios y, a
pesar de todo, debe respetarlo. La elección del perdón hecha por David ya es un
paso significativo hacia el amor del enemigo que predicará años después el
Maestro.
Todo esto no tiene lugar automáticamente. Nos recuerda san Pablo que “no es
primero lo espiritual, sino lo animal. Lo espiritual viene después. El primer
hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo.” Hay que
recorrer un camino, que sólo se puede andar junto a y con la ayuda de Jesús.
Sólo un corazón profundamente reconciliado (y esto es obra de Dios) puede
aceptar esta iluminación del Espíritu, para reaccionar de forma pacífica ante una
agresión, dominando los impulsos, en el terreno del bien y evitando responder al
mal con el mal.
Los ejemplos que encontramos en este Evangelio no siempre hay que
tomárselos al pie de la letra. Por supuesto que podemos responder, en defensa
propia, si nos atacan a nosotros o a los nuestros. No hablamos de eso. Lo que
Jesús quiere es que sus discípulos se dejen mover por su Espíritu, por el Espíritu
de Dios, que sean testigos del amor incondicional de Dios. Y para que se
entienda bien, nos da los ejemplos de la bofetada, de la capa, del pedigüeño. Se
trata de ser generosos, como lo es Dios con nosotros. Romper el círculo vicioso
del “ojo por ojo y diente por diente” y no rehuir al que nos tiende la mano, pidiendo
ayuda.
Hermano Templario: ¿Por qué? ¿Por qué hemos de comportarnos así? ¿Por
qué dirige Jesús esta invitación a los discípulos? Porque eres hijo de Dios, y Dios
es así, Dios se comporta así. Hace que salga el sol para buenos y malos, que
llueva sobre los campos de los justos y sobre los de los pecadores. La pregunta
de hoy es, entonces: ¿quieres ser rostro de Dios en medio de la gente?
Hacen falta en nuestra sociedad esos rostros de Dios. Vive la gratuidad, vive la
respuesta paradójica. ¿Por qué? Porque eres discípulo de Jesús. Y ya sabes
cómo se condujo Jesús: toda su vida estuvo presidida por la gratuidad.
NNDNN
Ante el delicado estado de salud de nuestro Santo Padre, unámonos en la Oración con toda la Iglesia pidiendo por él y sus intenciones.
Acepta la mirada del Dios que te ama. Acepta tus nuevos ojos para mirar al ser humano, al mundo, para verle a él y conocer su voluntad. No es momento de preguntas sino de permanecer en calma ante Dios, de sentir ser mirados, y quedar abrazados a la Palabra que nos salva.
La Luz del Espíritu y la fortaleza de la Palabra nos enseñarán a contemplar las cosas desde Dios y a acoger en la vida lo que es conforme al Evangelio de Jesús.
1- Posición y relajación del cuerpo, en pie, sentados o arrodillados cada uno asumiendo la postura que favorezca más su concentración. Lo importante, independientemente de la posición que se adopte, es colocarnos con la actitud de un ser ante su Creador y Padre, rodeados y acogidos por su fortaleza y ternura y transportados al tiempo eterno.
2- Cerrar los ojos. Calmar toda emoción. Silenciar toda actividad mental discursiva e imaginativa. Alcanzar el máximo de intensidad para, como sugiere el Papa Francisco sentir que “La oración no es magia, sino un confiarse en el abrazo del Padre. Tú debes orar a quien te engendró, al que te dio la vida a ti concretamente”.
3- Desde esa actitud, sintiendo como dice Francisco que “tenemos un Padre cercanísimo que nos abraza”, recitamos el Padrenuestro de forma sentida:
Versión en Latín:
4- A continuación, siguiendo la indicación de nuestro padre San Bernardo que dice que “ésta es la voluntad de Dios: quiere que todo lo tengamos por María”, rezaremos el Ave María.
5- Continuamos centrando la atención dentro de nosotros mismos, en el corazón, tratando de sentir la presencia del Espíritu de Dios en él. Y así, siguiendo el ritmo de la respiración, según el método de Oración Hesicasta decimos interiormente: